El
suicidio del periódico
David
Jiménez
/
blog
Pregunte
a los que trabajamos en esto de imprimir periódicos y le diremos
que conocemos la fórmula que nos salvará de la defunción.
Apostar por temas propios. Asumir que ya no podemos competir en
actualidad y ofrecer a cambio profundidad y grandes reportajes
que aporten valor extra. Dejar de dar las noticias de ayer. Así
que el pasado 26 de diciembre todos los periódicos decidimos que
el tema principal de nuestras portadas no sería la noticia del
día anterior. Escogimos, en su lugar, una de dos días antes.
“El Rey
muestra gran preocupación por el daño a la Corona del Caso
Urdangarin”, informaba ese lunes El País sobre el discurso que
el monarca había dado el sábado (el domingo no hubo periódico).
“El Rey pasó el examen”, titulaba El Mundo. “La Justicia es
igual para todos”, destacaba ABC recogiendo la ya célebre cita
real. Cuesta imaginar a ningún lector comprando el periódico
para informarse de algo que sucedió dos días antes, fue
televisado en directo por todas las cadenas, recogido al detalle
por las páginas webs y comentado hasta la saciedad en las redes
sociales. Que aún así fuera la noticia que mandó en todas las
portadas demuestra que no es del todo cierto que la crisis esté
matando a los periódicos, aunque sin duda ha contribuido a
nuestra depresión crónica. Asistimos a un intento de suicidio.
Al
paciente le han dicho que debe abandonar su vida sedentaria y
ejercitarse un poco. Él sabe que es así, e incluso se levanta
del sofá de vez en cuando, pero la inercia le devuelve una y
otra vez a sus malos hábitos. Ha hecho las cosas a su manera
durante tanto tiempo que ni siquiera la cercanía del final le
hace reaccionar. Seguimos imprimiendo el discurso del Rey dos
días tarde de la misma forma que dedicamos religiosamente una
página a la Operación Salida de Semana Santa y dos al temporal.
Le contamos al lector que ayer hizo frío, cuando está leyendo en
Internet que ya ha salido el sol. Que ayer hubo un terremoto,
cuando ya es crisis nuclear. Que el último atentado pudo haber
sido cometido por Iluminados en Acción, cuando su líder ya lo ha
reivindicado en Twitter.
La
reciente desaparición del diario ADN y el concurso de acreedores
de Público tampoco parece que vayan a obrar el cambio radical
que requiere la situación. La culpa es de la crisis. De los
anunciantes. De internet. Del lector, que se resiste a pagar. La
culpa es de cualquiera menos nuestra o del producto que hacemos.
Si un restaurante deja de tener clientes, se entiende que la
comida o el servicio han dejado de ser buenos. Si los periódicos
perdemos lectores, el problema es que nuestros clientes son unos
tacaños. ¿Es posible que no les estemos dando un producto por el
que crean que merece la pena rascarse el bolsillo? ¿Que mientras
nos dedicábamos a analizar, valorar y criticar el trabajo de los
demás (políticos, deportistas, actores…), descuidáramos hacer lo
mismo con quienes teníamos más cerca, nosotros mismos?
Dos
tercios del contenido de los periódicos es el mismo,
independientemente de la cabecera que se compre y matizado solo
por adornos ideológicos. Hay días en que todos los columnistas
de un mismo periódico dicen lo mismo, con diferentes palabras.
Días en que pasas las páginas y no consigues pararte en nada que
te llame la atención. Días en que ves destacadas en portada
declaraciones de políticos que han salido tantas veces, diciendo
lo mismo, que no queda sino concluir que han parasitado la
portada: saben qué deben decir y cómo para permanecer adheridos
a ella. Un corresponsal, en Pinto o Kabul, sabe que es probable
que la noticia del día ocupe la portada a la mañana siguiente,
aunque haya sido repetida mil veces por las agencias y recogida
por la web de su medio. Si por el contrario envía un reportaje
intemporal y no atado a la actualidad, no importa lo bueno o
exclusivo que sea, sus posibilidades de ser destacado se
reducen. A cero, si los mismos políticos de siempre se dijeron
algo más zafio que de costumbre el día anterior.
El
resultado lo pueden comprobar tomándose un café frente a un
quiosco. Es difícil ver a un menor de 45 acercarse siquiera. Los
periódicos han sido arrinconados por los productos promocionales
que los acompañan. Las exclusivas del día anterior han dejado de
envolver el pescado de la mañana: ahora envuelven el último
juego de tazas, ofrecido con la esperanza de que los lectores no
nos abandonen. Ya que se están marchando de todas formas, que
nos dicen que nuestro producto no es suficientemente bueno,
quizá ha llegado la hora de apostar nuestra supervivencia al
periodismo sin más. Uno cada vez más diferenciado de la
competencia, y no solo ideológicamente. Independiente de las
agendas políticas de los partidos y las rutinas informativas.
Con reportajes que el lector no podrá encontrar en ningún otro
sitio. Un periódico cada vez mejor escrito, presentado de forma
sugerente y sin sensacionalismos en ese escaparate de nuestra
mejor mercancía que es la portada.
Pregunte
a los que hacemos periódicos impresos y le diremos que conocemos
perfectamente la fórmula que nos salvará de la desaparición. Es
la misma que nos resistimos a aplicar. Cuando al fin nos
decidamos, es posible que sea tarde y nos encontremos publicando
la noticia de nuestra defunción. Con un día de retraso.
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