Para dejar atrás la noria
Rolando Cordera Campos
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La Jornada
Como lo
hiciera en 2009 su antecesor en la gubernatura del Banco de
México, el doctor Carstens tomó el toro por los cuernos y salió
al paso de las liviandades del gobierno en materia económica.
Lejos de la ligereza con que los funcionarios gubernamentales se
han tomado eso de la generación de expectativas por la vía de la
autoayuda y otros recursos de la venta a plazos, el gobernador
del Banco de México habló claro y preciso.
El mundo
vive una de las peores crisis de su historia y nadie puede hoy
anunciar que el fin de la hecatombe financiera global esté
cerca. Mucho menos si la orgullosa Alemania cambia su marcha y
entra en receso abierto.
En cuanto
a nosotros, el banquero central advirtió que con los motores
externos apagados o por apagarse, se tendrá un crecimiento bajo,
insuficiente para crear los empleos formales que se necesitan
para ocupar a los que entran al mercado. Sus estimaciones, por
lo demás, pronto podrían mostrarse demasiado optimistas.
El banco
espera que la economía crezca este año entre 3.5 y 4.5 por
ciento, lo que se traduciría en la generación de alrededor de
600 mil nuevos empleos, muy por debajo de los 900 mil o un
millón que se requieren. Además, si se toma en cuenta el enorme
bolsón de subempleo y precariedad laboral, junto con las
dificultades crecientes que encara la emigración a Estados
Unidos, podrá calibrarse mejor la extensión y profundidad de la
cuestión social mexicana, poblada de pobreza y desigualdad pero
agravada por nuevos y desatendidos males en la existencia y la
conducta de las comunidades y grupos de edad más vulnerables.
El
banquero central habló de la necesidad de volver los ojos al
mercado interno, pero no dejó de incurrir en el mantra de las
reformas que tanto necesitamos, que Calderón convirtió en
lastimosa jaculatoria. Nadie puede dudar que el Estado y la
economía requieren de reformas de gran calado, pero su contenido
y secuencia poco tienen que ver con lo que predican los
oficiosos exégetas de un modelito que más que hacer agua se ha
hundido, sin posibilidad alguna de reflotarse.
La
perspectiva de un largo letargo productivo y, como consecuencia
de ello, un decaimiento social pronunciado, es el peor de los
escenarios para una contienda electoral de pronóstico reservado.
Mantenerla en reserva, para verse con ella después del triunfo,
como parecen quererlo el PRI y el gobierno, no sólo no será
posible, porque sus consecuencias sociales estarán pronto a flor
de tierra, sino que puede volverse pernicioso y hostil para el
diseño de operaciones de emergencia al agudizarse la
inestabilidad global y perderse el escaso ritmo del crecimiento
esperado.
Cuando
irrumpió la tormenta en 2009, el Congreso de la Unión convocó a
jornadas de deliberación sobre lo que debía hacerse para crecer.
Nada se hizo en este sentido y muy poco en el frente de la
acción directa e inmediata contra el ciclo económico, cuya fase
recesiva entraba con violencia.
La
consecuencia fue una caída espectacular de la actividad
económica y un ascenso pasmoso del desempleo abierto, que en la
fase subsecuente de recuperación a medias no disminuyó como se
esperaba. Así, se prohijó la continuidad del estancamiento
estabilizador y la capacidad de respuesta interna no mejoró,
dejando a la economía inerme frente a las veleidades de la
secuela de la gran recesión, que ahora se anuncia como un
prolongado declive a escala mundial.
En
ocasión de aquellas jornadas, Romano Prodi propuso, en clara
referencia a nosotros: no hay éxito exportador que dure si no
hay un mercado interno robusto; y no hay mercado interno robusto
sin una política industrial efectiva. No se le prestó atención a
la fórmula del político europeo y se optó por la callada por
respuesta. Se perdió tiempo y oportunidad y ahora somos más
débiles que entonces.
Volver al
mercado interno implica reconocer que la inversión y el consumo
nacionales son los factores decisivos del dinamismo de la
economía y sus baluartes fundamentales en tiempos de crisis. Sin
embargo, es preciso admitir que el consumo masivo se ve hoy
frenado por la falta de empleos y los bajos salarios medios, y
que la inversión lucrativa sufre de incertidumbre y de falta de
alicientes, precisamente en el mercado de consumo masivo. Para
no hablar del indignante caso del sistema bancario, que gana sin
prestar y todavía presume de sólido y prudente.
Se
conforma así un clásico círculo vicioso de estancamiento que se
reproduce debido a las propias maneras cómo la economía se ha
organizado unilinealmente en torno al mercado exterior. La
maquila puede ser grande y exitosa, como lo ha sido la
automotriz, pero sin diversificarse y con los bajos grados de
integración nacional que tiene no puede servir para agrandar y
darle densidad al mercado interno. Puede seguir atada al ciclo
estadunidense o al dinamismo en otros mercados emergentes, pero
no convertirse en una poderosa máquina de crecimiento sostenido
como el que México requiere.
Liberarse
de estas y otras amarras exige una firme revisión y corrección
de estilos, visiones y conceptos a la que el gobierno se ha
negado y a la que el Congreso renunció en los hechos. Implica
resucitar la vocación inversionista del Estado y reinventar los
canales de comunicación y cooperación con los empresarios
nacionales y foráneos, ahora con una clara intención de
desarrollo regional.
Sólo así
emergerán nuevos y novedosos paquetes de acumulación de capital,
que impulsen el surgimiento de una economía mixta capaz de
encarar las olas recesivas provenientes del mercado mundial y al
mismo tiempo construir las bases de una planta productiva
renovada y diversificada. Este es el camino más seguro para
asegurar el financiamiento del desarrollo y evitar que la
pesadilla de Prebisch del estrangulamiento externo frene la
recuperación y distorsione el crecimiento alcanzado.
Nada
sencillo ni indoloro en cualquier tiempo, pero misión casi
imposible en la circunstancia presente.
Bienvenida la claridad del banco central, pero no tendrá frutos
positivos mientras la empresa y el Estado no acaben por asumir
que el giro que se necesita en la estrategia es mayor. Implica
una renovación conceptual que no se resuelve con el simplismo
agotador de las esquivas reformas de enésima generación, cuya
sustancia siempre queda en el aire o pronto se descubre como una
triquiñuela más para justificar el saqueo del Estado y la
afectación de derechos sociales fundamentales.
En el
mundo de hoy y el que nos anunció Banxico, más de lo mismo y con
la misma gente sólo puede querer decir menos de todo: menos
inversión pública y gasto corriente funcional con la primera,
menos consumo, menos disposición de los privados a arriesgar,
menos crecimiento y afirmación de las tendencias al
estancamiento. Un nudo gordiano para el que la espada de
Alejandro no serviría sino para agravarlo.
La
filigrana de la política y la gana de cambiar para que nada siga
igual, es lo que el país requiere y lo que muchos mexicanos van
a demandar muy pronto. Ojalá que el reclamo sea democrático más
que airado, aunque para empezar a remover y conmover nuestro
apoltronado espíritu público vaya a ser necesario más de un
grito.
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