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República amorosa

Yuri Alejandra Cárdenas Moreno / Crónica del Poder

12/01/2012

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor.”  Agustín de Hipona  

El lector bien informado ya está seguro del tema sobre el que hablaré en esta colaboración. Puede ser que esté en lo correcto, puede que no. Sí, voy a hablar de la propuesta de la “República Amorosa”, pero sobre todo, quiero dedicarle estas líneas al Amor en sí.

Lo cierto es que en los últimos meses todos los mexicanos hemos oído hablar de este concepto, el de la “República del Amor”, en boca de uno de nuestros candidatos a la presidencia de la república.  Y muchos comentarios han surgido a favor y en contra de esta propuesta. En primer lugar,

¿Qué es la República amorosa?

En palabras de Andrés Manuel López Obrador, en un artículo que publica en la Jornada el 6 de diciembre pasado, titulado Fundamentos para una República Amorosa, http://www.jornada.unam.mx/2011/12/06/politica/009a1pol este concepto se explica a grandes rasgos de la siguiente manera:

 “Cuando hablamos de una república amorosa, con dimensión social y grandeza espiritual, estamos proponiendo regenerar la vida pública de México mediante una nueva forma de hacer política, aplicando en prudente armonía tres ideas rectoras: la honestidad, la justicia y el amor. Honestidad y justicia para mejorar las condiciones de vida y alcanzar la tranquilidad y la paz pública; y el amor para promover el bien y lograr la felicidad.”

“Elevar la honestidad a rango supremo nos traería muchos beneficios. Los gobernantes contarían con autoridad moral para exigir a todos un recto proceder, nadie tendría privilegios. Se podría aplicar un plan de austeridad republicana para reducir los sueldos elevadísimos de los altos funcionarios públicos y eliminar los gastos superfluos. Asimismo, con este imperativo ético por delante se recuperarían recursos que hoy se van por el caño de la corrupción y se destinarían al desarrollo y al bienestar del pueblo.”

“… el propósito es contribuir en la formación de mujeres y hombres buenos y felices, con la premisa de que ser bueno es el único modo de ser dichoso. "El que tiene la conciencia tranquila duerme bien, vive contento". Debemos insistir en que hacer el bien es el principal de nuestros deberes morales. El bien es una cuestión de amor y de respeto a lo que es bueno para todos. Además, la felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino estando bien con nuestra conciencia, con nosotros mismos y con el prójimo.”

En lo personal, fue para mi impresionante leer estas líneas. Y escuchar a un político mexicano hablar de amor, del mismo amor universal del que hablaban los antiguos, los hombres ilustrados, fue sorprendente y conmovedor.

Sin embargo al leer y escuchar los comentarios de algunas personas sobre esta propuesta, en muchos lugares encontré risas y burlas. Esto me dejó anonadada. Mi pregunta es ¿De qué se ríen? ¿Se burlan del amor, de la honestidad?

¿Actuar con hipocresía y malicia es mejor que actuar con amor? ¿Enseñar a nuestros hijos la corrupción es mejor que hablarles de honestidad y bondad? ¿Eso es lo que queremos para nuestro México?

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Abramos los ojos.

Yo sí compro un discurso como ese, uno que se parece más a mí, que es sincero, que no viene envuelto en papel de colores, ni en forma de despensas, de refrigerios de torta y boing, o en forma de billetes de 500 pesos.

¿A cuántos ex candidatos hemos visto viajar así por todo el país? por los municipios más pobres y olvidados de nuestro país, durante cinco años, sin el apoyo mediático de las televisoras, sin carísimos jets para su traslado, escuchando a la gente, día tras día, bajo el sol y bajo la lluvia. Yo a eso lo llamo Amor, amor por México, preocupación por los mexicanos.

 ¿De verdad creen que un hombre así ambiciona la presidencia para detentar el  poder? Si poder ya tiene, poder de convocatoria, de convencimiento, el poder del carisma y la empatía con personas de todas las clases sociales, el poder de la legitimidad.

Pero a veces somos muy necios, y preferimos seguir la corriente a los demás, y a esos pseudo políticos que viven en la opulencia, pero también en la miseria de su oscuridad, robando, timando, burlándose también de nosotros por crédulos (yo usaría otra palabra más fuerte), usándonos una y otra vez para satisfacer sus necesidades personales y egoístas.

No nos engañemos. Los que nos dicen que él es un peligro, son el verdadero peligro para México, los que nos presentan sus propuestas en actos multitudinarios con sonrisas de cartón, perfectamente bien vestidos, con los cantantes de moda dando un show, regalando toda clase de artículos de propaganda; esos a los que vemos en espectaculares, en la parte trasera de los camiones, en comerciales de televisión a todas horas, en el cine, en conciertos, hasta en la sopa… debemos temer a los que nos prometen lo que no nos han sabido dar en todas las décadas pasadas, a los que nos han defraudado sexenio, tras sexenio, tras sexenio, tras sexenio. Debemos desconfiar de los que no se acercan a nosotros, de los que acordonan y restringen todas las zonas por las que pasarán para que no los podamos tocar, porque nos tienen miedo, porque saben su culpa.

Los mexicanos somos un pueblo muy peculiar. Siempre alegres, siempre fraternos, pero también siempre impotentes y siempre las víctimas. Víctimas de los aztecas, víctimas de los españoles, de los conservadores, del dictador, de los gobiernos priístas, de los gobiernos panistas, de la globalización, del narcotráfico. Tal como nos bautizaron en la historiografía y literatura nacionales, somos “Los vencidos”, “Los de abajo”, “Los agachados”. Porque siempre preferimos quejarnos que hacer algo al respecto, porque siempre nos burlamos de los que salen a protestar, siempre los vemos como enemigos, como amenazas a nuestra cómoda existencia, en vez de darles la mano y unirnos a sus causas. Eso es lo que nos tiene así, la actitud de derrota que cargamos desde Tenochtitlán hasta nuestros días.

Y ahora que un hombre honesto viene a hablarnos de una República Amorosa, ¿lo tachamos de loco, de evangelizador, de ridículo?

¿Por qué reírse del amor? ¿Qué no es lo que todos los seres humanos del mundo entero ambicionan? ¿Acaso no es lo que nos mueve a existir?

Yo sí creo en ese amor universal del que Obrador nos habla, un amor por todo lo que nos rodea, que nos transforma en mejores seres humanos, que nos invita a superarnos en conjunto, como familia, como sociedad, como nación. Yo no tendría nada que criticarle a esa postura.

Si todos actuáramos las 24 horas del día con amor, las cosas comenzarían a cambiar inmediatamente. No sólo lo dice él, lo han dicho muchos otros hombres de todo el mundo en distintas épocas. Desde Tales de Mileto o Jesús de Nazaret en quien todo México cree y tiene esperanza, hasta Erich Fromm, Martin Luther King, Juan XXIII, Mahatma Gandhi. Ellos nos han hablado de que el amor es lo primero, lo indispensable, lo único que nos puede salvar, en todos los sentidos.

No seamos una vez más necios, no tropecemos una vez más con la misma piedra, ya fue mucho de estar sentados en los sillones viendo las telenovelas o los programas de concursos en vez de informarnos de lo que sucede, de todas las alternativas.

Tontos no somos, México le ha dado grandes cosas al mundo, y sigue teniendo mucho que ofrecer. Pero nunca vamos a salir de donde estamos si seguimos cerrando los ojos y dando el mando a quien no se lo merece.

No es tan complicado, sólo es cuestión de voluntad, como cuando nos decidimos a hacer dieta y ejercicio para adelgazar, a ahorrar para comprarnos algo, a no fumar para estar sanos. Nosotros tenemos en nuestras manos la diferencia de todo un país, somos un pueblo que ha dado las más grandes muestras de solidaridad y auténtico patriotismo, así como en los movimientos de Independencia, Reforma y Revolución, así como en el Movimiento de 1968, como en el terremoto de 1985.

 El amor siempre ha sido la clave y la solución, y si hay alguien en este país que toma al amor como bandera de su causa, es esa una causa a la que yo quiero y siempre querré pertenecer.

Finalizo con esta frase que enmarca muy bien una creencia que debería ser de todos:

“Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.”

Antoine de Saint-Exupery (Escritor y aviador francés, autor de “El Principito”)

 

 

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