Sierra Tarahumara: emergencia de la emergencia
Víctor
M. Quintana S.
/
La Jornada
La fiebre
cibernética fue desatada por informaciones terribles, una de
ellas sin confirmar. Se saturaron las redes sociales el fin de
semana con la alarmante nota de 50 suicidios –hasta el 10 de
diciembre– entre mujeres y hombres rarámuris que habrían sido
provocados por la depresión que genera la hambruna en las
comunidades indígenas.
A la
desesperación, no sin algo de descuido por confirmar lo de los
suicidios, de quienes atestiguan el sufrir de los indígenas
norteños, se opusieron desmentidos abiertos por parte del
gobierno de Chihuahua, sobre todo.
Pero el
debate necesario por lo más urgente no debe ocultar la
información de lo emergente e importante. Hablando en metáforas,
diríamos que se puede discutir si el enfermo tuvo o no muerte
cerebral, pero lo que está fuera de discusión es que ha caído
hace mucho tiempo en estado de coma. Porque si alguna virtud
tuvieron las informaciones de muertes por desnutrición o
suicidios en la Tarahumara, es que hicieron emerger ante la
opinión pública la emergencia alimentaria y productiva que se
cierne sobre la mayor parte del norte del país, y en especial
sobre las comunidades serranas de Chihuahua.
Las
etnias de la sierra Tarahumara: rarámuris, odamis, (tepehuanes),
o’odams (pimas) y warijoos (guarijíos), fueron arrojadas por la
conquista española, primero, y luego por la ambición de blancos
y mestizos a las zonas más remontadas e inhóspitas de ese
territorio: laderas, cumbres y barrancas pedregosas. Esto los
condenó a practicar una agricultura de infrasubsistencia, que
los mantiene en un estado de desnutrición crónica.
Esto
resulta tremendamente paradójico por dos razones: la primera,
porque los enormes recursos forestales y mineros de la sierra
chihuahuense han sido y son explotados por no indígenas y por
extranjeros sin beneficio alguno y muchos perjuicios para los
pueblos indios.
La
segunda, porque en las cumbres y llanos altos de la Tarahumara
nacen los grandes ríos que riegan los fértiles valles del Yaqui,
Mayo y Fuerte. Nacen aquí también las aguas del río Conchos, con
las que México paga a Estados Unidos el caudal pactado en el
Tratado Internacional de Límites y Aguas de 1944 para que los
estadunidenses dejen llegar algo del río Colorado al también
próspero valle de Mexicali. Riqueza y prosperidad río abajo:
miseria donde el agua nace. Y los ricos agricultores
sinaloenses, sonorenses, bajacalifornianos y chihuahuenses no
pagan un solo centavo por servicios ambientales a los indígenas
de la sierra de Chihuahua.
Así, en
la Tarahumara el hambre no es noticia: es un hecho crónico,
estructural. Según el Informe de Desarrollo Humano de los
Pueblos Indígenas 2005, del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo, entre los 10 municipios de población indígena de
menor índice de desarrollo humano (IDH) en México, los seis más
bajos son de la sierra chihuahuense: Batopilas, Carichí,
Morelos, Balleza, Urique y Uruachi. Chihuahua ocupa la posición
número 28 en cuanto al IDH de la población indígena, pero el
número ocho en cuanto a la población no indígena. Es el segundo
peor en cuanto a la pérdida de posición relativa por la
desigualdad étnica. Y la tendencia no es para mejorar: según el
Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo
Social (Coneval), entre las 10 localidades de más alto rezago
social del país, tres están en los municipios de Batopilas,
Guadalupe y Calvo y Chínipas, en la sierra Tarahumara. Todos los
municipios de esta zona vieron empeorar su situación en cuanto a
rezago social de 2008 al 2010.
Por otro
lado, Chihuahua sigue presentando altos índices de mortalidad de
niños menores de cinco años: 12.5 por cada mil nacidos vivos, y
de ese porcentaje, 8.3 mueren por desnutrición.
Ante esta
vergonzosa realidad, no ha habido una política de Estado para
aliviarla, ya no digamos para resolverla. Ni siquiera el
asistencialismo del programa Oportunidades ha tenido aquí la
cobertura universal de Oaxaca y Chiapas. Todos los años los
diferentes niveles de gobierno vuelven a repartir despensas y
cobijas, pero no se invierte en desarrollo de capacidades
comunitarias para producir sus propios alimentos. Los programas
se disparan y cada nivel de gobierno procura sacar tajada
electoral. Se trata de llenar de asistencialismo los huecos que
deja la injusticia.
Así es:
no hay justicia eficaz para las comunidades indígenas: cuando
decenas de ellas han sido despojadas de sus tierras, no hay
apoyos para que las recuperen. El programa especial de la
Reforma Agraria para comprar tierras en las regiones
consideradas focos rojos no ha soltado un cinco para la
Tarahumara. Tampoco se combate con eficacia el despojo de los
bosques, y las compañías mineras canadienses siguen haciéndoles
cuentas alegres a sus accionistas sin invertir un cinco para la
infraestructura productiva de las comunidades, cuyo territorio
contaminan.
Y la
situación puede empeorar porque vino el cambio climático y nos
alevantó. El calentamiento global se ha instalado de plano en la
parte de la República al norte del Trópico de Cáncer, la que los
historiadores han llamado Aridoamérica. Ayer lunes partió rumbo
a México la marcha con tractores y caballos de diversas
organizaciones campesinas de Chihuahua y del norte árido para
exigir acciones contundentes, políticas de Estado ante la sequía
y el hambre. Exigen, primero que nada, atención a la emergencia
en la sierra Tarahumara, atacando las causas de ésta. Es el
primer movimiento social que este país ve surgir por el cambio
climático. Y surgirán más y más fuertes si los gobiernos siguen
sin entender lo que está sucediendo.
La
solidaridad espontánea, inmediata que el pueblo de México ha
mostrado ayudará algo a paliar el hambre de la sierra Tarahumara.
Pero ésta se resolverá sólo cuando a sus pueblos indios el
Estado les haga plena justicia.
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