Escobazos al panal
Luis
Hernández Navarro /
La Jornada
El golpe
que recibieron Elba Esther Gordillo y Enrique Peña Nieto fue muy
duro. Por más que traten de presentar la ruptura de la alianza
electoral entre el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y
el Partido Nueva Alianza (Panal) como una separación civilizada
y mutuamente conveniente para las partes, en los hechos fue un
golpe muy difícil de asimilar.
Durante
meses Enrique Peña Nieto defendió contra viento y marea el
compromiso electoral que pactó con la profesora Gordillo. Elba
Esther se apresuró a soltar sus amarras con el gobierno de
Calderón. Decir ahora que es un traspié sin importancia es
querer tapar el sol con un dedo.
El
mexiquense explicó las razones del convenio con Elba Esther en
el programa de televisión Es la hora de opinar, conducido por
Leo Zuckerman. “Ambos partidos –dijo allí refiriéndose también
al Partido Verde– han acredidato en las elecciones que tienen un
electorado que vota por ellos [...]. Casi 10 por ciento. No es
un tema menor. El PRI, no obstante estar adelante en todas las
encuestas electorales, no asume una actitud ni triunfalista ni
arrogante. Por el contrario, se prepara para la competencia.
Tenemos que reforzar nuestra posición para ser más
competitivos.” ¿Acaso ahora ya no necesita fortalecerla?
Para Elba
Esther Gordillo la alianza con Peña Nieto era fundamental. Por
un lado le puso en charola de plata una representación
parlamentaria que su partido, por sí mismo, nunca obtendrá: 24
candidaturas a diputados y cuatro para senadores. Por el otro,
hacía realidad un anhelo recurrente de la cacica sindical: poner
en la lista de senadores para Chiapas a su hija Mónica Arriola,
y en la de Sinaloa a su yerno Fernando Gónzalez, para
perfilarlos como futuros candidatos a gobernadores de esos
estados. Pero el sueño se derrumbó.
Digan lo
que digan sus promotores, la alianza naufragó. La estrategia
electoral de Peña Nieto sufrió un sonoro fracaso, en un momento
en que parece deambular sin una idea clara de hacia dónde
dirigirse. Simultáneamente, la maniobra electoral de la maestra
descarriló, y ahora debe desandar el camino y buscar negociar su
devaluado amor al mejor postor, en condiciones muy difíciles.
Luis
Castro, el ex agente del Cisen y empleado de Elba Esther que
funge como encargado de relaciones públicas del Panal, pero se
presenta como su dirigente, declaró que con la alianza su
partido iba a perder autonomía por un plato de candidaturas. Se
quejó de que el pacto lo echó abajo el sector conservador del
PRI. Aseguró que el tricolor quería modificar el convenio de
coalición para incorporar en la lista a Campeche, Sonora,
Chihuahua, Aguascalientes, Baja California y el Distrito
Federal.
En los
hechos hay otras razones que explican el hundimiento. A Elba
Esther se le atraganta Beatriz Paredes y le encoleriza tener que
apoyar a Pablo Escudero, yerno de Manlio Fabio Beltrones. Mónica
Arriola quería ser senadora por Chiapas, pero no nació, ni ha
vivido, ni ha hecho política allí. Por eso el ex diputado César
Augusto Santiago impugnó la candidatura de la hija de Elba
Esther ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la
Federación, argumentando que no es originaria del estado y que
para aspirar al cargo es requisito indispensable serlo.
Más:
Fernando González, el yerno de la maestra que quería ser senador
por Sinaloa, fue uno de los principales responsables de la
derrota electoral del PRI en la entidad en julio del año pasado.
Su labor en los comicios de 2010 le dejó una larga lista de
enemistades y cuentas políticas por cobrar, además de las que ya
de por sí tenía su suegra. En las elecciones presidenciales de
2000, Elba incumplió un acuerdo previo de apoyar al sinaloense
Francisco Labastida. Según Noé Rivera, el que era entonces su
operador político, ella le dijo que lo hacía porque así voy a
ser libre, ya no voy a depender de estos canijos [...], lo que
estaba en riesgo si ganaban era mi seguridad personal, la
seguridad de mis intereses... Doce años después, Labastida se
cobró la afrenta y ayudó a reventar la alianza.
Sin
embargo, el malestar dentro de las filas del tricolor con los
términos del convenio va mucho más allá de Chiapas y Sinaloa. En
las últimas semanas se evidenció la falta de consensos para
construir candidaturas únicas y la ruptura interna del PRI en
Yucatán, Jalisco, Tabasco, DF, Morelos, Baja California, Puebla,
Zacatecas, Sonora, Guerrero, Quintana Roo. Ante la complejidad
de la revuelta Peña Nieto tuvo que cancelar el acto que se tenía
programado en Culiacán, Sinaloa, y dedicarse a encabezar las
reuniones con la dirigencia a fin de evitar más fracturas.
Aunque la
ruptura con Elba sea mala para Peña Nieto, no lo es
necesariamente para muchos priístas, que juzgaban inadmisible el
convenio. Para muchos, el regreso de la profesora al partido por
la puerta de atrás era una afrenta. No pocos tienen presente la
carta que ella les envió a raíz de su salida del partido en
julio de 2006: Cuando hayan llevado al PRI a la quiebra, estas
caricaturas de Robespierre que hoy ordenan mi expulsión, tendrán
que cortarse la cabeza a sí mismos.
Preocupado por anticiparse a la guerra sucia en su contra, Peña
Nieto dedicó los últimos días de su precampaña a dar entrevistas
a medios de comunicación a los que habló sobre sus hijos fuera
del matrimonio, la muerte de su esposa y su relación con Arturo
Montiel. Simultáneamente organizó actos multitudinarios en
Yucatán, Nuevo León y Durango.
Sin
embargo, la ruptura con Elba abolló esta maniobra. Hizo evidente
que el mexiquense no puede cumplir su palabra. Los distintos
grupos internos han mostrado ser capaces de imponerle
condiciones, cuando hasta hace unos días muchos parecían estar
absolutamente subordinados a él. De paso, hizo renacer la
sospecha de que algunos de los barones priístas pueden no estar
interesados en el triunfo de su candidato.
El
escobazo al Panal obliga al partido ahora a buscar adeptos entre
las filas de los priístas descontentos. Difícilmente lo logrará.
La lucha de Elba Esther es ahora por su supervivencia.
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