Vuelta al griterío
Luis
Linares Zapata
/
La Jornada
El
despertar del año 2012, definitorio para México, no ha sido
halagüeño. El griterío desatado es inmenso. Tres postulantes del
panismo recorren los medios masivos desparramando en ellos sus
insulsos mensajes. Los espacios y tiempos que reciben sólo se
corresponden con el poder desplegado desde Los Pinos. De otra
manera quedarían en el olvido más triste. Ninguno de ellos puede
preciarse de levantar, entre la ciudadanía que obligadamente los
escucha noche y día, la menor pasión por seguirlos. El priísmo,
todavía no recuperado de los dislates de su abanderado al
concluir el 2011, se ensarta en previsibles pleitos por las
candidaturas menores. La ruptura de su alianza con el Panal de
la maestra ha quedado vagando entre la simulación y los cálculos
electorales que, como siempre, se hacen al muy corto plazo y
sobre las rodillas. Las izquierdas, contrariamente a lo
esperado, han buscado, y encuentran, soluciones adecuadas para
dirimir sus pequeñas diferencias y sus muchas ambiciones.
Los
asuntos a tratar en los medios se tornan contiendas entre
distintos personajes aislados de un contexto que los auxilie y
explique. Todos ellos quedan situados en la cúpula, en ese
rancio espacio donde todo se reduce a pasiones e intereses,
encontrados o coincidentes. El pueblo –es decir, los votantes–
poco cuenta en dichas trifulcas, menos aún en las soluciones
finales. Los distintos analistas, observadores, académicos y
críticos de toda laya van y vienen por los mismos lugares, ya
bien transitados por sus demás colegas que se han adelantado.
Una verdadera polvareda de gritos, consignas y diatribas que
poco ayudan a la indispensable información constructiva de
escenarios reales que auxilien al votante.
Ya sea
que se trate de la supuesta prohibición de los debates que
provoca un dictamen (por cierto, deformado a propósito) del
TEPJF, o trátese de la millonaria lluvia de espots que, según
cuentas tontas, caerán sobre la aturdida conciencia de los
mexicanos, las conclusiones son similares y sonoras: los autores
de la nueva ley electoral, y ésta misma, son los culpables de lo
que sucede, son los reos de toda culpa. Las elecciones, según
sus minúsculos puntos de vista, se han nublado de antemano. Las
autoridades respectivas llegarán con la reputación mermada. Y
todo ello porque algunos vengativos e irresponsables quisieron
castigar a los medios de los abusos ocurridos en el 2006. Abusos
(fraudes) que, por cierto, aún dividen a la nación. Las
infracciones cometidas con alevosía y demás ventajas en esa
elección nada tuvieron que ver con los mensajeros, arguyen en su
favor. Todo fue causado por los compradores de tiempo.
Compradores que contravinieron la ley vigente y que desataron la
bien llamada guerra sucia.
Poco a
poco, sin embargo, se acortan los tiempos de campaña. Enero ya
casi terminó. La elección está a unos pasos adicionales y los
votantes requieren de mayor dosis de conocimiento verídico sobre
lo que sucede y, sobre todo, de lo que acontecerá. No todos los
políticos que rondan por la República en busca de la simpatía
ciudadana son iguales. Unos, los prospectos panistas, tienen que
cargar con las decenas de muertos a cuestas. No son de ellos,
cierto, pero su capitán los provocó con su alocada iniciativa al
despuntar este moribundo sexenio. Tienen, también, que responder
por la década perdida en crecimiento económico. Y, más que por
eso, por la desigualdad, ensanchada hasta la ignominia. Los
millones de miserables que vagan por el país, en busca de
redentor cuidado y atención, son parte inherente de su
ineficiente trasiego como gobernantes. El golpe asestado a la
incipiente transición democrática es también parte de sus
pasivos que claman castigo en las urnas. Reprodujeron, con
creces, el viejo autoritarismo y las complicidades priístas, tan
arraigadas en los rituales y los quehaceres políticos de la
nación.
El buque
insignia de los priístas, el ex gobernador mexiquense, tiene la
quilla rota y navega a la deriva. Ha sido tocado en la línea de
flotación y sus ingenieros no atinan a reparar el daño. Lleva
consigo el ahora llamado síndrome del capitán Schettino del
crucero italiano encallado. La conciencia de su incapacidad se
extiende y gotea hacia abajo y a los lados del electorado:
abandonará la campaña para refugiarse en la cumbre nevada de
Davos, sitio donde sólo los elegidos habitan. Ahí se quiere
dejar constancia de su decidida pretensión de tirar, de una
buena vez, las ya cascadas puertas de las riquezas mexicanas
para que entren los avarientos foráneos. Ha declarado, aquí, y
sobre todo fuera, que abrirá Pemex y la CFE a la inversión
privada, cualquier cosa que esto signifique, aseveración por
cierto lanzada de manera repetida por los tres últimos
encargados de administrar la economía del país. Intento en el
que fracasaron. Lo que han logrado desperdigar, a trompicones y
trampas, lo han hecho contraviniendo la Constitución.
Las
izquierdas han entrado en un periodo de inusitada mesura, por
cierto alejado de sus tradicionales reflejos y premuras.
Solucionaron bien la designación de sus dos candidaturas más
importantes: la presidencial y la del Gobierno del Distrito
Federal. Han ido remontando distancias en las simpatías del
electorado, ataviados con similares vestimentas y discurso a lo
que ofrecieron en el 2006. Los problemas de ahora, y las
soluciones actuales que requiere el país, no distan mucho de las
planteadas hace seis años. La gravedad es mayor pero la
naturaleza, el núcleo de ellas, permanece intocado. AMLO recorre
de nueva cuenta el país alertando a los escuchas de la
importancia que tendrá para la salud de la nación su ya cercana
decisión. No será una elección más. Ésta conlleva, quizá, los
últimos vestigios de esperanza por soluciones pacíficas.
Introducir justicia al sistema establecido es urgente, a pesar
de las resistencias que oponen, y opondrán, los grupos de
presión que se resisten al cambio. A éstos habrá que vencerlos
con base en votos conscientes de los mexicanos, si se quiere
iniciar una nueva ruta. Un sendero no exento, por cierto, de
tensiones, problemas y miedos.
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