Veracruz Metapolítico
Edgar
Vazquez Vazquez
Crisis de Representación Popular 2012
El año
pasado la revista Time y otras publicaciones importantes por
todo el mundo coincidieron en nombrar al manifestante como
“personaje del 2011”. En un año en el que surgieron movimientos
como los indignados, “Occupy Washington”, la “primavera árabe” y
otros afines en Chile, Grecia y algunos otros países en plena
liberación nacional como Egipto y Libia, es natural que la
protesta pública vuelva a ocupar el centro de las preocupaciones
de politólogos y analistas y que regrese a la palestra el tema
de la crisis de representatividad de las democracias
contemporáneas.
La
democracia moderna tiene lo que, a juicio de muchos autores es:
“un irresoluble problema de representatividad”. En la doctrina
de Jacques Rousseau, el pueblo no puede ser representado por el
Poder Legislativo. La voluntad general no puede ser representada
por la misma razón que no puede ser enajenada por lo que en la
preparación de la ley debe regir el mandato imperativo. Por
ende, procede la ratificación popular de la acción legislativa.
Toda ley no ratificada por el pueblo será entonces nula. Este es
el sustento de su crítica al sistema inglés: los ingleses creen
que son libres, pero únicamente lo son al elegir al Parlamento,
para enseguida volver a esclavizarse, sostenía el clásico de la
Ciencia Política.
Por
supuesto que no han faltado críticos a éste. Para Hans Kelsen el
Parlamento es democrático en tanto que respete la voluntad de
los electores, por ende, no debe existir mandato imperativo. De
acuerdo con él, el Parlamento es el representante de todo el
pueblo, pero todo el pueblo es mudo. En otras palabras, la
representación es una ficción política, necesaria ante la
imposibilidad de practicar la democracia directa.
Con los
anteriores elementos es posible plantear otra pregunta
relevante, a saber, ¿Los legisladores son representantes de todo
el pueblo o sólo en parte de él? Si se responde que de todo el
pueblo, se adopta la posición democrático liberal y se respeta
el papel de intermediario de los partidos políticos. Pero la
otra respuesta posible es la que vale la pena explorar.
Si los
legisladores representan únicamente a la parte del pueblo que
los eligió, deben responder a sus intereses, aspiraciones y
formas de vida. Empero, lo anterior presenta graves problemas
operativos cuando se trata de llevar, en un país enormemente
plural como el nuestro, esta diversidad al Parlamento. ¿Por qué?
Porque el sistema electoral de mayoría deja sin representación a
las minorías. Aunque la dificultad mayor se plantea cuando se
tiene a una población con determinada característica
diferenciadora dispersa en todo el territorio, misma que sumada
podría alcanzar una representación importante, como es el caso
de los indígenas en México.
Por citar
un ejemplo, las recientes noticias de Tarahumaras en Chihuahua
que prefieren suicidarse ante la imposibilidad de encontrar el
sustento para ellos y sus familias, eso habla de el gran
obstáculo que representa para las minorías no contar con
representantes pendientes de sus necesidades, esto sólo por
hablar de la crisis en los órganos legislativos. Naturalmente,
se debe velar por el interés de estas comunidades dispersas. Y
en ausencia del mandato imperativo, la responsabilidad recae en
el Congreso y en cada uno de los representantes. Pero, ¿qué
garantiza que al no compartir la misma visión del mundo que los
indígenas, éstos tomen las mejores decisiones sobre sus
problemas? Nada. Por ello algunos han planteado la idea de
representantes indígenas, pero ello sólo tiene sentido si el
distrito es mayoritariamente indígena; ya que de lo contrario
difícilmente los ciudadanos de dicho distrito lo elegirían.
Mientras
que a los temas rural e indígena solo los vemos representados en
los partidos políticos como membretes y un escalón de acceso a
posiciones políticas que nada tienen que ver con los verdaderos
intereses de las comunidades indígenas y rurales, aunado a lo
anterior, los gobiernos de los 3 niveles no atacan como debería
de ser estas graves laceraciones sociales que seguramente
avergüenzan a muchas de nuestras autoridades, (si es que conocen
la vergüenza). Así, los problemas de representatividad de los
partidos políticos, organismos cada vez más criticados y cuya
naturaleza es cada vez más decadente, son muchísimo mayores
porque no se legitiman en los verdaderos intereses de los
ciudadanos que al final del día vienen a ser los electores.
Entonces
para que queremos 500 diputados federales y 128 Senadores, si
con tantos representantes populares no resolvemos los avatares
sociales de nuestros connacionales indígenas y campesinos de
nuestro intrincado país. Como se ve, el problema de la
representación no es tan fácil de resolver como algunos
pretenden, los debates en esta materia pueden ser interminables
y las respuestas mucho muy esquivas, pues si bien los organismos
tradicionales de representación han perdido legitimidad y
eficacia, en el marco de las precampañas a la Presidencia de la
República, más allá de copetes, faldas o repúblicas amorosas,
los ciudadanos se están interesando más por remover del poder a
quien no les gusta que por poner a quien más les atraiga. Hoy
día los ciudadanos son más impacientes que nunca con los
gobernantes: o funcionan y entregan resultados a la población, o
salen por la puerta grande de la ignominia. Y esto es lo que
desafía la preeminencia de los representantes populares y nada
puede vislumbrarse claramente en el horizonte de éstos.
evazquezv@gmail.com
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