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De Interés Público 

Emilio Cárdenas Escobosa

Pobreza educativa 

22/01/2012

Anualmente conocemos los informes de diversos organismos nacionales e internacionales sobre los avances en la educación en México. De acuerdo a las evaluaciones del Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés), iniciado en el año 2000 y que se basa en el análisis del rendimiento de estudiantes a partir de unos exámenes mundiales que se realizan cada tres años y que tienen como fin la valoración internacional de los alumnos, nuestra nación ha mostrado un gran rezago.  

El programa evalúa a los estudiantes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias de entre 30 países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y 27 asociados. El objetivo es obtener una fotografía fija del nivel de los alumnos de los países más desarrollados, que permita comparar unas naciones con otras y analizar su evolución.  

Los resultados obtenidos en las evaluaciones realizadas en los años 2000 y 2003 fueron deplorables: México se ubicó, junto a Turquía, en los últimos lugares de la lista de países que conforman este organismo internacional. En el 2006 nos volvimos a distinguir por ocupar el último lugar no sólo en ciencias, sino también en las competencias lectoras y en matemáticas. En 2009 ocupamos el lugar 48 entre 65 países o economías evaluadas con este programa.  

Este 2012, cuando estaremos entretenidos escuchando discursos de candidatos con promesas al por mayor, apabullados por spots y el despliegue de la más indigesta publicidad de políticos sonrientes que buscan nuestro voto, se volverá a aplicar la prueba a jóvenes de 67 países y ahora el énfasis será en matemáticas. Con miras a su aplicación, las autoridades educativas, docentes y alumnos se preparan desde hace dos años para enfrentar este reto. Cursos, talleres, prácticas docentes, simulacros y diversas estrategias se han llevado a cabo para evitarnos otra vez la pena de ubicarnos en la cola de las naciones de la OCDE. Ojalá que todas estas acciones resulten efectivas, aunque el problema tiene raíces más profundas como para superar los malos resultados en tan breve periodo. 

Nuestra participación en estas mediciones internacionales y los lugares obtenidos reflejan la crisis de la educación y la pobreza formativa de los jóvenes. Son datos que a su vez ilustran los lastres que como país arrastramos para acceder a estadios de desarrollo deseables. Por ejemplo, los más de 150 puntos que nos separan de Finlandia, el primer lugar de la más reciente evaluación, equivalen a unos cuatro años de formación educativa. Y lo más grave: si de mediciones para identificar la mano de obra que tendrá un país en el futuro se trata, los resultados obtenidos por nuestro país significan que, conforme a los estándares internacionales, nuestros estudiantes solo estará aptos para realizar en su vida productiva labores mecánicas asociadas al uso de la fuerza física.

En las últimas dos décadas, el gasto educativo en México – público y privado- ha aumentado de manera importante y  consistente, tanto en términos absolutos como en proporción del Producto Interno Bruto, sin embargo, este incremento no ha tenido un impacto directamente proporcional en la calidad de la educación, en el ingreso per cápita, en la productividad laboral o en las evaluaciones internacionales, entre otros indicadores. La consecuencia es que, al menos hasta ahora, el crecimiento en el gasto educativo mexicano no necesariamente está teniendo un efecto positivo para lograr una mejor educación ni una menor desigualdad, y, por lo tanto, antes de gastar más habría que revisar y modificar la composición y la orientación de ese gasto en los próximos años. En suma, mover el eje de la política pública del gasto educativo de las acciones y objetivos a los mejores resultados.  

La propia OCDE ha señalado que no se trata de cuestionar si ha habido o no una eficaz política educativa en México, pero a juzgar por los resultados, y más allá  de lo deplorable que resulte vernos en ese espejo, los resultados ofrecen amplias oportunidades de mejorar en materia de política pública pero también de hacerlo en el salón de clases, en la formación y reclutamiento de los maestros, así como en la forma en que participa y exige resultados la sociedad. Urge avanzar en la construcción democrática de un nuevo modelo educativo que permita al país una educación de clase mundial que le ayude a competir ventajosamente en la globalización y la sociedad del conocimiento y haga posible estimular la curiosidad y la creatividad del estudiante. 

Los sistemas educativos con los mejores rendimientos dan un mensaje claro: son producto de sociedades exigentes y, en esa medida, los gobiernos, de cualquier signo partidario, tienen que responder con una buena inversión de los recursos y dar cuentas claras de los resultados obtenidos con el presupuesto educativo. 

El nivel educativo de un país ha dejado de ser un asunto exclusivamente nacional en un mundo global y competitivo, por lo cual contar con instrumentos que establezcan cómo estamos en relación con otras naciones, en qué  áreas estamos bien y en cuáles hace falta mejorar, es fundamental para elevar la calidad de la enseñanza. Los resultados de PISA confirman que en educación no se pueden esperar cambios espectaculares en corto plazo, y que los países desiguales, como México, no podrán tener resultados comparables a los de naciones más avanzadas si no se consigue elevar sustancialmente el nivel de las regiones más pobres y las escuelas en peores circunstancias. Por ello, la condición para tener mayores avances en materia educativa es dar realmente a las políticas que buscan la equidad la importancia que suele concedérseles en teoría. 

Si entendemos a la educación como incitación a la reflexión, la voluntad de educar y la obligación estatal de asegurar ese derecho constitucional no podrán negarse a sí mismas amparándose en el autoengaño. El derecho a la educación es un reclamo universal y una vergüenza allí  donde no se hace realidad, o se desarrolla con las taras y ausencia de calidad a la que nos hemos habituado. 

Si el objetivo último de la educación no es solo la transmisión de información, sino más bien lograr la plena concientización de los educandos, es decir la formación de verdaderos ciudadanos, negro panorama se vislumbra en el futuro de nuestro país, porque solo el conocimiento, la lectura y la toma de conciencia nos harán libres. 

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Xalapa, Veracruz