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Ciudad cotidiana

Alejandro Hernández y  Hernández

“Narcovocación” 

Mi ciudad, como muchas otras del país, es testigo de una nueva inspiración vocacional: el narcotráfico. No falta mucho ya para que cuando a los niños mexicanos pequeños les pregunten: “¿Qué quieres ser de grande hijo?”, éstos contesten: “Quelo sel nalco papi”.

En países como Colombia, en donde las contiendas políticas se han dado bajo el contexto del militarismo o la guerrilla, las condiciones económicas de la población se han mantenido en niveles de miseria extrema; el narcotráfico entonces, con todas sus variantes —siembra, venta, distribución, exportación ilegal, etcétera— ha significado la única manera de salir de ella. En México, el camino parece ser el mismo.

Aunque aquí no ha habido ni militarismo ni guerrilla (propiamente activa), sí hay muchos pobres —casi cincuenta millones— y también mucho narcotráfico. Las erróneas políticas económicas, un deficiente sistema educativo y la total ausencia de una estrategia de desarrollo social eficiente, han consolidado un esquema que asegurará, de no dar un golpe de timón, que los millones de pobres que hoy existen continúen siéndolo por el resto de sus vidas.

La migración hacia Estados Unidos, más segura —aun con lo incierto que resulte— que ser descubierto por un equipo de futbol internacional o que sacarse la lotería, había sido hasta los años setentas u ochentas del siglo pasado, la manera más rápida de salir de pobre y acceder a una vida mejor. El narcotráfico —en todas sus modalidades — vino a sustituir a esta, casi quimérica, oportunidad para las clases desprotegidas.

Los campesinos, condenados por los programas oficiales del gobierno a sembrar maíz o frijol para medio comer, hallaron en la siembra de estupefacientes una oportunidad de sobrevivir y de mejorar, con mucho, su posición económica. Si bien es cierto que esto acarrea riesgos, también lo es que morirse o ver morir de hambre, uno mismo o a sus hijos, es peor que sucumbir de un balazo de soldado o pasar algunos años en la cárcel. Del mismo modo, los desheredados de las grandes urbes se inmiscuyen en el menudeo o acarreo ante la falta de oportunidades.

El poder y el dinero pervierten; los que al principio sólo sembraban o transportaban al salir de la inopia se hicieron pudientes terratenientes y ricos nuevos que, además, encontraron la forma de escalar posiciones dentro del ámbito del mismo narcotráfico, distribuyendo o traficando la droga a gran escala por el país y hacía el principal mercado: Estados Unidos. De cómo sucedió que de este punto hasta el de infiltrar las instituciones del gobierno y los cuerpos policíacos, reclutar soldados y organizar con ellos ejércitos de sicarios, crear una narcoeconomía con un poder alterno al oficial, conseguir emplear a quinientas mil personas —según la Secretaría de la Defensa— y lograr poner al país en estado máximo de alerta, requeriría de muchas cuartillas que no tengo pero que se pueden resumir en dos palabras: con dinero.

Una actividad que maneja una cantidad de riqueza y poder casi inimaginable por fuerza creará una cultura alterna a la que, lamentablemente, muchos admirarán y pretenderán pertenecer. Es entonces que surgen los clichés, que así como los trajes cruzados de raya de gis y los sombreros de los gánsteres, emergerán con fuerza a la luz pública y serán imitados o anhelados por mentes faltas de criterio y valores morales.

Un campesino que siembra droga porque la miseria lo obliga, o un policía que se corrompe para que no maten a su familia, son lugares comunes en el cine de narcos a la mexicana; un “Jefe de jefes” o una “Camelia la Texana”, son héroes populares en canciones que, además de justificar una actividad ilícita, manifiestan un descarado y mal entendido orgullo de gremio. De cierta manera, también, los cárteles de narcotraficantes ponderan cierta moral “robinhoodiana” que se recrea en otros escenarios, menos románticos que un bosque inglés, y que se explica de un modo forzado, pero que es aceptado y puede obedecer a cosas tan disímbolas como que venderles droga y fastidiar a los “gringos” es la revancha patriota en contra de los abusos del pasado; o que traficar con droga sirve para hacer dinero, no morirse de hambre y además echarle en cara, a los ricos de siempre, su desprecio de clase; o incluso la de proteger “a su gente” de otras bandas rivales —los que trabajan para ellos, sus familias y los que viven en su área de acción, que no están ni siquiera inmiscuidos en el asunto pero que sin saberlo los proveen de bienes y servicios—.

Así entonces, ranchos, mansiones, autos lujosos, joyas ostentosas, sombreros importados, camisas de mal gusto y botas vaqueras de pieles exóticas, son símbolos de un poder ilícito pero patente e impune, que se ha logrado consolidar en una primera generación de narcos. Éstos han ocupado parte del dinero que han ganado, para mandar a estudiar a sus hijos a buenos colegios y al extranjero, lo que ha logrado producir una segunda generación con educación y estudios; que se mueve con más recursos y conocimientos, que lleva mejor la contabilidad y la administración y que, por lo mismo, apunta a fortalecer más el poder de su actividad; además sin preocuparse ya por superadas reticencias morales, pues quien ha nacido y ha vivido en, y de, una actividad proscrita, la asumirá como algo normal y cotidiano, aun en contra del repudio social o ajustando los valores morales a su conveniencia; por ejemplo, adorar y encomendarse a un santo, ladrón y protector de causas criminales: Jesús Malverde.

Así pues, si el cinco por ciento de la población nacional se dedica a actividades relacionadas con el narcotráfico, esto quiere decir que casi el veinte por ciento —ya contando a sus dependientes directos— come, estudia, compra cosas y planea su vida basándose en los recursos de un quehacer prohibido.

Una quinta parte de la población nacional entonces, que ya salió de la pobreza extrema; que se mantuvo en un nivel de vida —que la situación económica del país le hubiera escamoteado si se dedicara a algo legal—, o que subió un escaño social —por dinero o poder—, estará en estos momentos criando hijos que ya no quieren ser, cuando crezcan, pero ni de broma, doctores o bomberos.   

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Xalapeños Ilustres No. 103
Xalapa, Veracruz